(Entrada interludio, seguiré hablando de Japón pronto)
Haz algo creativo con tu odio y tu estrés, Parko, me dijeron.
De acuerdo, empezaré a fumar otra vez y con las colillas haré una replica de dos metros de la torre Eiffel en mi salón, desplazando la mesa para de cuatro plazas ampliable a seis, en un piso donde sólo vive uno, y donde las visitas no-indivuduales se limitan a las fiestas del barrio.
Cuando me pregunten sobre esta falsa torre Eiffel, diré que es un producto de mis nervios y que la fui construyendo poco a poco, a medida que me iba deconstruyendo y que iba perdiendo la compostura y que mi mente se iba partiendo en pedazos independientes que sólo se dedican a discutir entre sí, dejándome a mí en medio, como un testigo de mi autodestrucción interior, una manera de crear algo, por inútil que sea (Art can achieve NOTHING, leí una vez) una manera de crear algo, decía, de mis ruinas internas, de mis intentos fallidos por intentar engañarme pensando que, en realidad, en mi vida nunca he perdido el tiempo, que siempre he ido aprendiendo, aunque sólo trate de mentirme y soliviantarme a mí mismo, admirando mi decadencia como un paso adelante hacia mi plenitud como persona; o mejor, y más sencillo, diré que es un Banksy.
Diré que le conocí en Kyoto, cuando estuve solo,
[al no haber testigos de lo que hice nadie podría refutármelo, incluso ahora mismo usted que lee no sabe si aquello que digo inventarme no ocurrió en realidad y yo lo planteo como falso, ¿y si todo este texto está plagado de trampas para engatusarle? ¿Y si en realidad las trampas son falsas, destinadas a hacer que se pierda en mis deambulares por mis sinuosos pensamientos? ¿Qué sensación de vértigo, eh?]
rezando en templos budistas, en uno de esos momentos de claridad mental y paz total a los que parece que sólo soy capaz de llegar cuando estoy lejos de cualquier elemento de mi rutina, cuando me encuentro en el limbo entre el desconocimiento y el descubrimiento; como cuando leo un libro nuevo, o encuentro un escritor digno de mi estante, que ENCAJA, que sé que quiero tener cerca, del cual me importa su opinión, una suerte de bújula moral o personal o norte ético al que preguntarle las dudas, reflexionar las respuestas, replantear bajo esa nueva luz las viejas respuestas a preguntas antiguas, tal vez los mejores y más fieles amigos que tenga jamás: mis dudas.
Porque esto es ser escritor, reflexionar durante una vida acerca de las neuras ajenas y propias (sobretodo propias), cosa que ocuparía varias vidas explicar y entender, luego escribir sobre ellas, reflexionar de nuevo, volver a empezar, pero nunca dejarlas del todo atrás, porque si eso pasara, al escritor se le apaga el fuego interno y es entonces cuando sus manos siguen intentando escribir, pero sin el corazón, solo por monotonia, sin vocación, escritores muertos en vida.
Experimento #1 (o "entrada sin título A")
Publicado por Frank B. Parkinson en 20:29 0 comentarios
Etiquetas: Cosas que se oyen por ahí, Escribir es..., Espontaneidad escrita.
Miedo y Asco en Japón [2]
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1.- Hermana, con esta entrada se va a quedar de piedra.
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Sobre Uji, Kyoto, los templos y la soledad.
Uji es un pueblecito que está situado a una media hora de Kyoto, pasando con los ferrocarriles JR por Fushimi-Inari, en dirección a Nara, y es donde teníamos el ryokan (hotel típico japonés).
Fue en Uji donde vi mi primer templo budista, la tumba de Ágata.
Una vez entramos, me lavé las manos y bebí un sorbo de agua, respetando las tradiciones antiguas, y vi un hombre que estaba acercándose al templo para presentar sus respetos a Buda. Me fijé en su secuencia de movimientos. Ofrecía una moneda, hacía sonar una campana, daba dos palmadas, se reverenciaba dos veces, unía las manos, ofrecía su oración en silencio, se volvía a reverenciar y se fue, sin más. Todo el proceso no duró más que unos segundos y, habiéndole visto a él, me decidí a seguir sus pasos y presentar mis respetos yo también, pues para eso había entrado al templo.
He leído, durante muchos años, libros sobre el budismo y sobre la paz y las fuerzas que hacen vibrar el espíritu, y el bien que llega a proporcionar al que se plantea entrar en el vacío del zen, en libros de Kerouac, sin ir más lejos, y fue en "Big Sur" donde más me conmocionó el hecho de la derrota total, la autoderrota que se imponía Kerouac a sí mismo como escritor, como falsa leyenda, como una farsa y un desastre, un hombre perdido, dolido y asqueado de sí mismo, donde se describen de la manera más cruda y más triste posible los pensamientos y sentimientos de un hombre con resaca, en ese estado donde todo lo que ve es oscuro y está muerto, y podrido y donde nada vale la pena, donde habla de sí mismo con más asco y pena y rabia de lo que uno pueda soportar. Volviendo al tema del zen, y habiendo leído la obra de Kerouac, es impactante comprobar cómo ese hombre roto y asqeuado de sí mismo es el que aparece también en "Los vagabundos del Dharma", ofreciendo prácticamente la otra cara de la moneda, donde intenta convertir del zen su manera de salir de todo, de empezar de nuevo, de redescubrir su poesía y su prosa y su vida, al fin y al cabo.
Explico todo esto como introducción a los siguientes párrafos
Un día, Eire se quedó con un colega suyo de Uji (que ya es casualidad que tuviera un conocido japonés y que viviera en el pueblo donde teníamos el ryokan), y se fueron a pintarse una pieza de graffiti conjunta. Yo mismo he pintado algunos graffitis, pero lo dejé al no ser capaz de aprender y dibujar y tener más maña para las firmas que para las piezas complejas.
Sea como fuere, decidí aventurarme a visitar Kyoto, sólo, cargando con la guía de viaje y un par de botellas de agua. Decidí visitar primero el templo de Toji, según el mapa bastante cercano a la estación principal. A los veinte minutos de paso ligero encontré una tienda donde alquilaban bicis, y ahí empezó la auténtica aventura. Tardé un cuarto de hora en llegar al templo (en bicicleta ya), entré y me lo encontré lleno de tiendas y puestos de comida y carpas con vasijas y ropa y demás. Muy diferente al ambiente que se puede encontrar en cualquier iglesia o cualquier mezquita.
Después de mostrar mis respetos en el templo principal, salí de allí dirección al castillo feudal de Nijo, un poco más lejos de lo que esperaba, y al que tardé en llegar cerca de una hora. Entendí encantado que el hecho de haber alquilado la bici había sido un tremendo éxito. No voy a aburrirles con detalles sobre el castillo o sobre el resto de templos que visité, sólo reflejaré algunas reflexiones inconexas a las que me vi abocado durante ese día.
Fue un día de paz total y completa.
No había podido pasar tantas horas (el día entero, en realidad) en un estado tan profundo de calma total. Soy un nervio, ustedes que me conocen lo saben, y verme en aquel escenario digno de postales, pedaleando, sin música puesta, tan sólo concentrándome en las calles y los olores, y la gente, y todo lo que me daba abasto a absorber... aquello fue genial. No se me ocurren más maneras para describirlo.
Hacia la tarde, cuando ya empezaba a caer el sol, llegué al templo de Ryoan-ji, y este sí que lo quiero comentar un poco más. ¿Han visto las imágenes del jardín Zen que alberga? Búsquenlas en un momento, por favor. Hecho esto, sigan leyendo. Desde una grada especialmente construida para ell, se puede contemplar el jardín. Se sienten donde se sienten, podrán contar 14 piedras. Pero eso no es del todo cierto, ya que si se mueven un poco, una de las piedras desaparece y otra aparecerá en su lugar. Seguimos contando 14 piedras, pero sabemos que hay 15. El dilema Zen que se plantea es sencillo, a la par de no tener solución. ¿Cuántas piedras hay en el jardín? Hay 15 piedras, pero sólo podemos contar 14. ¿Cómo justificarlo? Diciéndonos a nosotros mismo que no vemos en todo momento toda la verdad, que siempre habrá una parte de la realidad que otros puedan ver y nosotros no. Siguiente dilema: ¿Cómo afirmar que algo que SABEMOS que existe, existe verdaderamente, si no podemos PROBARLO? ¿Cómo afirmar o negar la existencia de Buda, si no sabemos si podemos creer nuestro propios ojos?
En absoluto intento lavarles el cerebro con que Dios existe o no, de hecho soy el primer ateo de la sala, simplemente valoro el hecho de que, con algo tan aparentemente poco ingenioso como una serie de piedras, se puede llegar a razonar casi ilimitadamente, dando pros y contras, sentando las bases para muchos debates.
¿Sabía Kerouac acerca de este jardín? ¿Fue esta misma inspiración que a mí alcanza la que le hizo descubrir su mística y entrever las otras realidades que el mundo ofrece?
Podría contarles más detalles y más casualidades que me ocurrieron durante este viaje, pero de momento les dejo con la última reflexión. Cuando volvíamos de Kyoto a Tokyo en el Shinkansen, en un momento dado en el que Eire dormía, salí a entre vagones y me puse a mirar por la ventana. Admirando las montañas japonesas, escuchando Ceremony de Joy Division, no pude evitar echarme a llorar, feliz de haber podido vivir lo vivido y de haber podido sentir esa paz interior que tanto necesitaba conocer, al menos por una vez. Cuando quise darme cuenta, estábamos entrando a Tokyo, y casi sin tiempo, bajé el equipaje, desperté a mi hermana y salimos del tren, mucho más feliz de lo que creo recordar que haya estado en mi vida.
Publicado por Frank B. Parkinson en 20:22 0 comentarios
Etiquetas: Diario, Espontaneidad escrita., Viajes
Miedo y Asco en Japón [1]
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Recuperándome aún de la mejor manera que puedo del Jet Lag, trato de reconfigurar mi reloj interno para dormir cuando y cuanto toca. Me he echado una siesta esta tarde, me he despertado hace un rato...
Vuelvo mañana al trabajo, y aún tengo muchas imágenes en la cabeza, muchas cosas que procesar, mucho que asimilar. Nem per feina.
Trataré de centrar las próximas entradas en temas concretos para que no se me vaya la olla y acabe escribiendo un texto mastodóntico lleno de comentarios y digresiones, sin terminar dando verdaderas impresiones del asunto en cuestión. De momento, sirva esta de introducción general, o impresiones diversas, que no tiene por qué no ser un tema concreto.
He escrito mucho, durante el viaje. Hacía tiempo que no me sentaba tanto a escribir, ni en el ordenador ni el la libreta, y sigo haciéndolo menos de lo que debería; me estoy acomodando. En el avión de ida tuve una idea para desarrollar que se podría guionizar fácilmente, creo, y ver si pueden sacarse algunos cortos o alguna cosa de ellos que, por enésima vez, vuelvo a planteármelo. También describí la imagen más espectacular de un amanecer que servidor haya visto nunca, pero eso de momento me lo reservo para su debido tiempo. Un último aviso: he decidido que, o empiezo a tomarme lo de escribir tan en serio como merece, o lo dejo definitivamente. Debe hacerse.
Pero no sólo me he dedicado a escribir, he podido disfutar de la vida contemplativa del que se sabe extranjero, del que no entiende casi una sola señal de la calle (98% de carteles e indicaciones escritas en kanji), pero que aprende rápidamente las expresiones más socorridas en un idioma que no podría diferir más de los que conozco. No era fácil, al principio, orientarse por esa jungla de trazos totalmente ilegibles para mí, pero poco a poco una empieza a ver sencillez donde antes sólo veía jungla y va descifrando algunas claves que le permitan no sólo sobrevivir, si no aprovechar al máximo el tiempo. Así pude comprar billetes en la máquina del metro de Tokyo (les juro que no es ni remotamente tan fácil como en Barcelona) cuando se nos acabó el Japan Rail Pass (que, por si no lo saben ya es ABSOLUTAMENTE NECESARIO al viajar a Japón, o preparen sus bolsillos para ser vaciados y violados en repetidas ocaciones)
Perdí el móvil al poco de llegar, en un restaurante de comida rápida. Lo que para mí o para cualquier otro mortal de mi ciudad hubiera sido un chollo, para los japoneses es algo ajeno, que alguien ha perdido, y querrá recuperar una vez descubra su pérdida, así que lo dejaron en el mostrador donde se hacían los pedidos, y pude recuperarlo. Vamos, que quien lo encontrara no se lo quedó para sí. Y no es el único ejemplo, encontré muchísimas cosas en bancos o entradas de metro esperando a ser recuperadas por sus dueños, tales como sombreros, chaquetas, cantimploras o gorras, en ciudades diversas, en días diferentes, sorprendiéndome todas las veces.
En un de los viajes en JR (una especie de tren de cercanías) que hicimos, de noche, vimos un tipo que había bebido sobremanera y tenía la camisa hecha una auténtica pena, pero nadie parecía darle la menor importancia por el hecho de acabar así fuera del fin de semana (no era ni jueves aún), pero cuando se piensa que los hoteles cápsula (no, no los probamos) están para la gente que se pasa tajando y no tiene modo de llegar a casa, uno entonces reflexiona, y se fija, y ve la chispa del alcoholismo fluyendo de acá para allá, una sociedad estricta y extraña, donde se tienen que poner lamparitas de colores cálidos para animar a la población y evitar su suicidio, entre otras cosas que podría contarles.
Lo de los tatuajes también es algo para comentar. La población en genral nos echaba miradas de soslayo, y los más atrevidos nos hacían comentarios (A Eire: "Manekinekos! : D") pero por lo general no nos decían gran cosa, pero sí notábamos las miradas curiosas, ya que no creo que en esas tierras se vean muchos tatuajes, sabiendo que, tradicionalmente, los únicos japoneses que se tatuaban eran los Yakuza, y que por mucho que quieran aparentar otra cosa, la sociedad japonesa sigue siendo bastante cerrada. Como digo, casi nadie sabía hablar Inglés, en lo que se descubre como el movimiento menos inteligente de la considerada sociedad más lista del mundo, perdiendo gran parte de los puntos que podría ganar en turismo, recuperándolos sólo por el carisma de su historia nacional y la particularidad de sus habitantes. Como digo, podrían tenerlo mejor, pero luego uno piensa en el caso de Barcelona, ciudad TOMADA por el turismo y lo ajeno, y ya no sabe quién tiene razón y quién no.
En otro viaje de metro, Eire y yo andábamos hablando de cosas zafias (no entremos a detalles, baste decir que hablábamos como si estuviéramos en el bar) y una mujer nos preguntó (sorprendentemente, en Inglés) que cuál era nuestro idioma, que estaba impactada con su belleza y su fuerza. Dijo que era verdaderamente hermoso, Dios la libre de no saber qué andábamos maquinando. Le dimos las gracias y salimos del metro, con curiosidad de saber cómo era posible que las palabras malsonantes pudieran ser bellas, pero alguien dijo por ahí que no hay malas palabras, si no palabras con mala intención, y creo que ahora sí entiendo a qué se refería.
Más cosas en las próximas entradas.
Publicado por Frank B. Parkinson en 0:54 1 comentarios
Miedo y Asco en Japón [0]
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Paradojas, paradojas everywhere.
Cuando más libertad creía que tendría, menos tiempo me queda para ejercerla, cuanto más tiempo creía que podía dedicar a escribir, más tiempo me paso en el trabajo, después de que en tiempos como estos me subieran de categoría (un nivel), de sueldo (nada y menos) y de responsablidad (una barbaridad), cuantas más cosas me propongo hacer, más rato me acabo quedando en el sofá, exhausto, viendo series, dejando que las series pasen delante mío, en algunos casos, sin abrir un maldito libro en los cuatro meses y medio que llevo viviendo aquí.
Total, que de momento se han acabado las paradojas, y ahora sí que me va a faltar tiempo, o tendré que robárselo al sueño; estoy de vacaciones y mañana me voy a Japón.
Dejando a parte los gritos y los nervios propios de un chiquillo que llevo profiriendo desde que esto pasó de ser un sueño a ser una realidad, y dejando a parte el hecho de que necesito desconectar un algo del trabajo y del estrés, lo cierto es que llevo una temporada que no está nada pero que nada mal.
De hecho, escribo esto tomándome un café y unos tostadas con mermelada (mi nuevo desayuno favorito) y es que hacía días que no paraba, entre cumpleaños, fiestas en el piso, fiestas en el barrio, fiestas en el expueblo, dormir por ahí, no dormir (por ahí también) y un largo largo etcétera de cosas que andan yendo y viniendo en mi día a día, todos los días.
Me siento bien, ostias, y qué bien sienta.
Cuando pueda, o quiera, o tenga tiempo, o me venga en gana, iré actualizando de nuevo el blog, ya ven que el tiempo y la gestión de él últimamente es una actividad un tanto flotante en el horario; parece que sólo sé hacerlo bien las horas de curro, y las horas de veras me las paso durmiendo o medio muerto, tratanto de compensar mi alcohol en sangre por sangre en mi alcohol, ¿o era al revés?
Prometo cuidarme, háganse ídem.
Publicado por Frank B. Parkinson en 10:46 0 comentarios
Verdad Extraña [3]
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No hay vuelta atrás.
Por mucho empeño y voluntad que uno invierta en hacer que las cosas vuelvan a ser lo que eran, para hacerlas de nuevo, esta vez mejor, sencillamente no hay nada que hacer. Sólo se puede mirar hacia delante, renovarse o morir, o dejarse matar mientras se piensa en las batallas libradas, en las derrotas y en las victorias.
Y es que todo es fugaz, fútil, efímero, perecedero y caduco.
Los días jamás se repetirán, aunque la rutina se obstine en hacernos creer lo contrario. Las oportunidades o se aceptan o se pierden, no hay término medio en esto.
Yo siempre he sido defensor de las decisiones acérrimas, de equivocarse hasta el final, de no ceder.
Qué inmadurez.
Chet Baker - Everything happens to me
http://youtu.be/UI61fb4C9Sw
Publicado por Frank B. Parkinson en 22:30 0 comentarios
Etiquetas: Basura mental, Diario, Espontaneidad escrita., Sad Songs Compilation, Truth
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